Bóveda

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XVI

ha muerto el único

no hay elección

ante ti

indefensa el alma

postrada siempre

cabizbajo espíritu

señor feudal de la vida

vienes a por tu tributo

no doy yo

das tú

lo que me das

es lo que te llevas

guardiana soy

perpetua del dolor

por ti concedido

 

XXXVII

inmenso eres

hombre

en esta lejanía mortal

inmenso sobre

los corazones de tierra

besados sean tus pies

en nombre de la vida

rosas blancas

en tu cuello

llorando de hermosura

un ínfimo estrépito

y cae la noche en la mañana

frágil adiós

inmenso

inmenso presentido

inmenso en todas partes estando

allí menos donde estuviste

de Nada nos corona

tu partida

¿aprenderé a amar tu nuevo rostro?

sin párpados

sin boca

te presentarás

sin decir quién sois

y solo podré verte

en el hallazgo

dime inmenso hombre

¿la soberbia alegría era posible?

contesta

¿algo era posible?

 

XLI

hay caminos ocultos

sabedlo

en los que el dolor

se brinda cortésmente

 

cortésmente aceptar

ofrecimiento o declinar

 

si la curiosidad vence al temor

sabedlo

descubriréis

en el camino

un hombre solo

cubierto de fragante musgo

 

hay una puerta de hierro

en su pecho

 

empujad entonces

 

 

       SOBRE BÓVEDA  

 

(…)”Es un cuerpo profundo, el que los versos de Blanca Fernández exponen. Un cuerpo fuera del artaudiano juicio de Dios –fuera del esquema producción-reproducción donde boquea, vigilado, el deseo– y que sabe arrojar su propia finitud y destruir sus propios órganos sobre los sentidos de un infierno que hiede para el hombre que con su plegaria alejó lo peligroso.

El peligro, la fe, contra el estancamiento y la espera. Hay un temor y un temblor que mueven la desnudez del deseo -en la, y contra, la bóveda del ser-, que siempre tiene una mirada ignominiosa (in nomen). Pero la desnudez es la única forma del deseo, su única potencia. La pérdida del nombre, la ignominia, es su recompensa y castigo. Algo obsceno (fuera de escena) persigue al ojo que se aleja del hombre, y de la identidad, para clavarse y desaparecer en el automatismo del No-Dos. Machina ex deo.

La chair est triste, decía Mallarmé. Pero ojos proliferan desde la imagen y en la imagen, florecen en los nombres que la escritura disipa, en los dáctilos de la “caligrafía en la arena”, en el cojeo edípico y tirésico de los yambos y de los troqueos (“el signo duerme o vive / no conoce fin”). La medida del verso -su ritmo (su número)- ve el abismo de su silencio, cada vez , en la cesura en que el respiro cae sobre el verso sucesivo, sobre el acto de inspiración que guía hacia la ceguera sin número del verso sucesivo, aún no pronunciado: “despertar la no-palabra / que duerme tras la frente”.

De los textos de Blanca Fernández surgen una mirada y una voz tersas, que buscan su propia contaminación en la mirada y en la voz del Otro (“manos clavadas / nunca quitan propios clavos”). Pero es una búsqueda libre de voluntad, como en un juego sin Verdad, guiada por una ética leve y rigurosa en la que se enraizan el dolor y la resistencia: “aguas libres arrastrad la palabra / desprecio”. Leídas estas páginas, en los ojos quedan perlas que fueron ojos.”

                    Ianus Pravo, del prólogo de”Bóveda” de Blanca (Fernández) Morel