Subrogación del hambre

Abrí la caja de zapatos. Mis manos no eran sutiles, no eran sutiles mis dedos: la delicadeza y la precisión no cosas de niña chica. Los gusanos de seda se ondulaban, comían ávidos, con sus serruchitos  recortaban las hojas de morera, como engullendo aplicadamente la escritura en su proceso de desaparición. Cogí uno, sabía que no debía hacerlo, su piel era casi transparencia, su blandura se adentraba en los ojos. No, no debía, era consciente de mi torpeza pero, cómo refrenar la querencia de asir de una niña de cuatro años. La viscosidad verdosa salió del cuerpo del gusano. Verde glauco expulsado de dentro. Qué manera de matar con inocencia. Me apenó tanto ese verde tan triste, esa viscosidad que nunca más podría religarse a la existencia.

Hoy he crecido, me he convertido en niña grande, en adolescente, en mujer, soy adulta  hace tanto tiempo. Dejé una  caja de zapatos hace algunos meses en el cuarto trastero. En el cuarto trastero había una caja con miles de minúsculos huevecillos de gusanos de seda. La pasada primavera por pura nostalgia infantil me hice con unos cuantos gusanos. Crecieron, se transformaron, se multiplicaron, y murieron. La caja quedó en algún lugar del cuarto trastero cubierta con los huevos. Pasaron los meses, se iba acercando  la primavera y cuando me adormecía en mi cama, pensaba: los huevecillos están por eclosionar. Pero el cuarto trastero está tan profundo. Y los árboles de morera están ahora tan lejos, en parques lejanos, en barrios periféricos. El mes de marzo concluyó. Pensé a menudo en los diminutos hilos negros naciendo dentro de la oscuridad de una caja en un cuarto en lo más profundo de la tierra. Nacerían y morirían allí mismo, hambrientos en esa tiniebla infinita. ¿Acaso iba a volver a abrir esa caja algún día? No, no tenía intención de alimentarlos. También concluyó el mes de abril y el mes de mayo. La caja de zapatos estaría llena de los  minúsculos cadáveres de esos seres nacidos para morir. Habrán muerto secos, sin viscosidad, como polvo de desierto, sin la humedad pantanosa de los gusanos alimentados con morera. No había acudido a su llamado. Nunca probaron la morera.

Hoy he bajado hasta llegar al cuarto trastero, ese lugar demasiado profundo, demasiado lejano. Pero tenía una necesidad: ¡ver!, necesitaba ver los diminutos cadáveres. Al abrir la caja, temerosa, suponiendo algo, he contemplado la belleza: dos gusanos de seda gigantescos, tan largos como la propia caja, gruesos como solomillos de cerdo, hermosos palpitantes, muy adormecidos, de un blanco pergaminoso, dúctiles, con una consistencia de fermentación dentro de la piel incognoscible. Y los he tocado, los he acariciado como a una rata sin pelo, estaban tibios, tan suaves, me querían, me esperaban sus cuerpos gigantescos apretados en la caja. ¿Y cómo habían crecido tan desmesuradamente? ¿Cuándo les di de comer o quién lo hizo? Es necesario ir a buscar el lejano árbol de morera para seguir alimentando a los gigantes, cómo dejar morir a esas dos grandes piezas de carne babosa ahora que los he tocado. Tendré que suministrarles kilos y kilos de morera para que sigan creciendo hasta segregar kilómetros de seda con los que construir unos capullos dolménicos amarillos solares en medio de las tinieblas absolutas. Y después se transformarán en inmensas polillas danzantes, fornicadoras, salvajes, llenas de huevos y semen, y unirán sus cuerpos en la danza inmóvil del amorir dejándome su progenie,  multitud de huevos, grandes como de avestruz, en lo profundo de mi casa. En la próxima generación nacerán más gusanos de los huevos pegados al techo del trastero, sobre los viejos muebles acumulados, en las puertas del ropero, sin que pueda ya dejar de pensar en su existencia, en su muerte o en una vitalidad inverosímil, quizá caníbal que les convierta en supervivientes del nacimiento por la ingesta de sus propios hermanos.

                                                                                                                   Blanca Morel

gusanos

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