¿Qué podemos decir de nuestra experiencia interior?

 

 

“La diferencia entre la experiencia interior y la filosofía reside principalmente en que, en la experiencia, el enunciado no  es más que un medio, e incluso tanto como un medio un obstáculo; lo que cuenta no es ya el enunciado del viento, sino el viento.”

George Bataille, “La experiencia interior” 

 

Mi primera experiencia interior fue intrauterina. Nada quedaba fuera de mí. Dicen que había placidez, balsámica existencia.

La segunda experiencia interior fue nacer. Lo desgarrador. Lo desconocido. La absoluta incomprensión, el descubrimiento del miedo, el percibir que ser es una desmesura. El interrogante, el grito, la expectación, la angustia.

¿Permanece en mí algo de estas experiencias?

Ambas experiencias, vida intrauterina y nacimiento, forman un núcleo, un punto de partida en el camino hacia la meta (inalcanzable) de la comprensión. Otto Rank, psicoanalista austriaco discípulo de Freud, se aleja de su maestro al centrar sus estudios sobre la neurosis en el trauma del nacimiento y no en el complejo de Edipo. Los trabajos de Rank parten de la ansiedad vivida por los seres humanos en el nacimiento, algo que explicaría según él sus ansiedades futuras.

Si el acontecimiento de nacer fuera una vivencia plácida en lugar de traumática, tal vez el ser humano no tendría tanto pavor a la muerte como asimilación inconsciente de la muerte al útero del que venimos y que tanto sufrimos al abandonar.  

Dice George Bataille:

“(…)nada en el sacrificio se aplaza para más tarde, tiene el poder de comprometerlo todo en el instante en que tiene lugar, de determinarlo todo, de hacerlo todo presente”

Nacimiento y muerte son nuestros sacrificios, los seres humanos somos víctimas en el ara de la Naturaleza,  el nacimiento y la muerte que suceden en un presente pleno. Es la culminación de estar siendo y de dejar de ser lo que somos. El nacimiento del ser humano es el éxtasis de la caída en el abismo del mundo, en nosotras mismas; la conversión continua de lo que somos, nuestro propio desconocimiento, el de nuestros límites y  los  del Universo.

Mircea Eliade alude al  renacimiento de uno mismo:

“Alcanzar otro modo de ser -el del espíritu- es equivalente a nacer por segunda vez, a convertirse en un hombre nuevo.”

Nacer de nuevo es cruzar el umbral, enfrentarnos otra vez con lo desconocido, revivir la angustia del éxtasis, el alejamiento de una parte de  lo que somos o de todo lo que somos, perder el aliento en la inexistencia o ganarlo para otra existencia en nuestra propia vida o en el cosmos.

Profanar: tratar algo sagrado sin el debido respeto o aplicarlo a usos profanos.

Al nacer el ser es brutalmente poseído por la vida.baby-303071_640

Al vivir carecemos del conocimiento de nuestra propia existencia, somos profanos en lo relativo a la existencia.

Al morir somos mutilados de un cuerpo o de la propia existencia o de nuestra singularidad.

Nacer y morir es una profanación. Somos profanados por el nacimiento y la muerte.

El éxtasis de vivir y ser profanados por la existencia.

Dentro o fuera de él, el límite está en el útero. Hay zonas permeables  en la membrana, las aguas uterinas pueden formar un delta al alcanzar el abismo salino del mundo exterior.  Las dos aguas pueden mezclarse; la placidez y la angustia, desembocar la una en la otra. Asimilo mis experiencias interiores agradables a las que probablemente haya guardado mi inconsciente en mi estancia en el seno materno. Caer en la placidez del sueño, en los dulces brazos del ser amado, la contemplación serena del mar en calma, la melodía que fluye a través de mí relajadamente. Regresamos a la matriz como un sueño que nos blanquea los nódulos oscuros de la vida. Tras la muerte, el renacimiento en el útero cósmico es una idea que aparece desde la antigüedad. Apunta Mircea Eliade que para los hombres primitivos alcanzar otro modo de ser –el  del espíritu- es equivalente a nacer por segunda vez, a convertirse en un hombre nuevo.

Al estatismo del útero se le teme y se desea regresar.

De pronto, el nacimiento. Un instante radical. Un momento de pureza explícita. La convulsión del nacimiento nos desgarra infundiéndonos una individualidad desconocida que tenemos que comprender, construir, entender. La vuelta a la matriz del olvido del ser -antes de haber sido, antes de haber respirado- nos conmueve. Es duro el trabajo de sernos, para dejar de sernos, para perdernos en el útero negro donde espera el sueño sin sueños. La salida y la entrada del útero incesantemente en un movimiento  circular que abarca todo, siendo cada cual la totalidad de su propia soledad o la asimilación al cosmos. Vivir es una experiencia interior a la que nos acostumbramos a los pocos días de nacer sin llegar a acostumbrarnos del todo.  Dejamos de percibir la vida como experiencia interior y respiramos sin darnos cuenta. Olvidamos nuestra propia respiración. Pero un día en nuestra primera respiración alcanzamos el éxtasis, a través de la angustia de ese desconocimiento, de esa sensación nueva que es llenar por primera vez de aire unos pulmones pequeños, plegados, dormidos.

El matemático australiano George Cristos en su libro “Memoria y sueños: La creativa mente humana”, expuso la idea de que la muerte súbita del lactante acontece cuando el bebé sueña vívidamente que se encuentra en el útero de la madre. El bebé deja de respirar en el sueño y muere. Esta explicación sobre la controvertida muerte súbita del lactante no ha sido demostrada, pero es verosímil.

La primera bocanada de aire nos posee para la vida, el mecanismo pulmonar permite que nuestros pulmones se expandan y se llenen de aire, la vida nueva nos inyecta su fluido y esta sensación magnánima, contundente ¿podría ser obviada para el futuro? Nuestro ser profanado por la vida. La vida nos somete, nos toma a la fuerza, se impone, nos obliga a respirar.

Por otro lado están las aguas calmas uterinas. Es posible que al asimilar lo apacible, lo sereno con la estancia en el útero podamos  imaginar un lugar de placidez celestial o paradisíaco. El Paraíso es un lugar protector, paterno, sin muerte. El Paraíso también simboliza el útero materno seguro y apacible, querer traspasar sus límites implica lo desconocido.

La serpiente comunica los dos mundos. Mircea Eliade en “Nacimiento y Renacimiento” dice que el vientre de una giganta, de una diosa, de un monstruo marino, simbolizan el útero telúrico, la noche cósmica, el reino de los muertos. La serpiente es el monstruo del paraíso, el disidente. Dios siempre tiene disidentes, Luzbel, Adán y Eva, la serpiente, los seres humanos, sobre los que manda el diluvio y las plagas.  Mitológicamente el héroe debe salir victorioso del  viaje para traer consigo la sabiduría o la inmortalidad. El ser humano no salió victorioso, cruzó los límites y tiene miedo de haber hallado la mortalidad. Tenemos que vencer al monstruo, traspasar la vagina dentata para alcanzar el tabernáculo dichoso, un paraíso, un cielo, un renacimiento en el espíritu. En el útero materno reinamos en un microcosmos del que somos la totalidad, nos bastamos interiormente como entidad en esa primera etapa de existencia. Estamos integrados en la madre por medio de la placenta, un agenciamiento que nos protege y nos alimenta hasta que el tiempo de gestación concluye. Al nacer, la placenta se desprende y desaparece la protección, poco  a poco tomamos conciencia de nuestra soledad al encontrarnos con “el otro”.

Balbucir como lactantes en el seno de la naturaleza buscando respuestas, caminos. 

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“Nadie llegará hasta el límite de la súplica sin situarse en la extenuante soledad de Dios”, dice George Bataille.

Ante el interrogante, ante la súplica, sólo contemplamos nuestra soledad.

En la vida hay momentos de angustia, otros de placidez, en otras ocasiones sentimos el éxtasis cuando se produce la convergencia de los límites. Hay momentos en los que percibimos intensamente el presente en una epifanía o instante cósmico. Para alcanzar eso que estamos a punto de ser o de no ser, debemos pasar por duras pruebas. Debemos desgarrarnos fuera de útero y respirar. El ser que no respira se encuentra con el ser que respira y que jamás dejará de hacerlo hasta su regreso al útero cósmico.

 

alone-1238471_640Recuerdo buscar algo en el mar. Lo miraba incesantemente desde la ventana cuando era niña esperando encontrar ¿qué? La vista se me nublaba, se fundía con el horizonte y el mar se transformaba en angustia. Deseaba con fervor que sucediera algo, pero solo estaba ante mí la imagen borrosa, la gran mole que en ese momento era una mancha de imposibilidad: el silencio frente a mi interrogante. Yo quería penetrar en las aguas pero se habían cerrado, ya había cruzado el umbral del útero hacia la vida, la puerta por ahora permanecía sellada. Estaba en mi incertidumbre, en mi soledad frente a la totalidad. Y la totalidad parecía ser todo menos yo. Había sido excluida. Al nacer había quedado excluida. Y no pasaba nada. Había nacido y no pasaba nada. Era mi angustia y no pasaba nada. Simplemente estamos o no estamos y no pasa nada. Nada que le importe a la naturaleza pues los llantos de los seres humanos le son  indiferentes. Pero un día fuimos la totalidad, hasta que el desgarro llegó. Fuimos excluidos y la vida se nos mostró como una desmesura.

Las aguas pueden provocar en mi espíritu angustia o  calma. El mar con sus diferentes estados de ánimo, plácido o arrebatado, es incisivo para el espíritu.  El agua me conmueve, cuando fluye o retenida en la espera. El agua es portadora de signos. La imagen de la lluvia cayendo, cuando discurre por los márgenes de las calles, como una piel de serpiente líquida que fluyera hacia los límites de la tierra, o las gotas que forman pequeñas burbujas en los charcos inmóviles fundiéndose en ellos. En el “Diccionario de símbolos”  de Eduardo Cirlot podemos leer:

 “Las aguas superiores e inferiores se hallan en comunicación, mediante el proceso de la lluvia (involución) y de la evaporación (evolución). Interviene aquí el elemento fuego como modificador de las aguas y por esto el sol (espíritu) hace que el agua del mar se evapore (sublima la vida)”

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 Siento tristeza, hacia la vuelta, hacia el regreso a esas aguas en las que despareceré un día como una pequeña burbuja de lluvia. Es plácida la sensación pero triste la de la paz de lo borrado por la lluvia.

En “La experiencia interior” Bataille describe una ocasión en que guarecido de la lluvia bajo su paraguas llegó a contemplar la nada desconocida. La risa incontenible fue la única escapatoria ante ese descubrimiento.

La lluvia proviene del cielo, por eso tiene parentesco con la luz, señala Cirlot en su “Diccionario de símbolos”. Por otro lado qué terroríficos resultan otros lugares por los que circula el agua. Las cañerías como túneles estrechos, vaginas frías. Freud denominó unheimlich al extraño escalofrío que de pronto surge de lo cotidiano y que  nos provoca la angustia vital. 

Heráclito asimiló en el fluir del agua el incesante cambio de los seres y sus escenarios, somos los que estamos dejando de ser a cada instante, renovados a cada instante que pasa.  Nunca seremos los mismos a aquellos que fuimos, ni el río ni nosotros.

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Desde nuestro origen previo a la gestación hay una experiencia interior. El falo se acerca al centro, a la matriz, al núcleo. El retorno a la matriz de donde vino, el eterno retorno al origen. Y la muerte del espermatozoide. De los que nunca llegarán y de los que llegan. Cuando uno solo de los espermatozoides llegue a alcanzar la unión con el óvulo, al instante, ambos, óvulo y espermatozoide, morirán en su centro, siendo su muerte el origen de otra vida, cada uno buscando al otro para convertirse en unidad, en totalidad que al instante se disipa en miles de células.  Ser excluidos de sí para llegar a ser otro ser más allá de uno mismo. La experiencia interior de un cuerpo es también la de sus órganos y células.

 

Los amantes también desean fundirse. Cuando el sexo es una experiencia interior de éxtasis, los seres humanos desean la unidad totalizadora o dejar de ser, morir en el otro siendo el otro y uno, siendo en definitiva otro ser; la emergencia de un éxtasis amoroso.

Ver al dios, sufrir para contemplar. George Bataille habla sobre la experiencia mística de Santa Teresa de Jesús en su libro “El erotismo”, lectura que es un camino hacia el ser:

“La actividad erótica no tiene siempre abiertamente ese aspecto nefasto, no es siempre esa hendidura, pero profunda, secretamente, al ser esa hendidura propia de la sensualidad humana, es el resorte al placer.”

Esta hendidura es la de la espada del ángel en la carne de  Santa Teresa de Jesús. Ella dejó escrito su testimonio sobre la transverberación. 

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Santa Teresa de Jesús de Bernini

 

“Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión: veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo, en forma corporal (26), lo que no suelo ver sino por maravilla; aunque muchas veces se me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada que dije primero (27). En esta visión quiso el Señor le viese así: no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todos se abrasan. Deben ser los que llaman querubines (28), que los nombres no me los dicen; mas bien veo que en el cielo hay tanta diferencia de unos ángeles a otros y de otros a otros, que no lo sabría decir. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos (29), y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento (30).”

Libro de la Vida. Capítulo XXIX, Teresa de Ávila

En  la experiencia de la santa se funden el dolor y la angustia con el placer. El orificio es penetrado pero es un orificio que no existe, es creado, dolorosamente abierto en el centro, en el corazón, con un dardo llameante. En el erotismo el dolor puede conducir a la unión corporal y espiritual, el placer está más allá del mero placer físico, como en el éxtasis místico se da una aproximación del alma con un alma ideal, a través de una hendidura que nos conecta con la divinidad o el origen, esa placenta añorada.

Las experiencias interiores de cada persona son sucesos singulares que marcan la existencia del que las vive y pueden provocar el rechazo o la perplejidad de quienes no las han experimentado. En cualquier caso, son sucesos irrebatibles fundados en la experiencia propia.

Para acabar diré que una experiencia interior de las más elevadas y satisfactorias que he hallado ha sido la lectura de ciertos libros, una muestra son los que aquí he nombrado. Por suerte existen libros y autores tan maravillosos que me inducen a volverme sobre mí para explorar quién soy. Me veo reflejada en el espíritu de otro ser que me habla desde muy lejos. La catarsis como experiencia interior de lectura. La lectura como descubrimiento que lleva al encuentro de quienes somos a través de un otro desconocido que la escritura convierte en confidente.  Conseguir alcanzar el espíritu de un ser,  más allá del tiempo y del espacio. ¿Quién puede resistirse a ello?

 

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BIBLIOGRAFÍA:

George Bataille, “La experiencia interior”

George Bataille “El erotismo”

Santa Teresa de Ávila “Libro de la vida”

Mircea Eliade “Nacimiento y Renacimiento”

Eduardo Cirlot “Diccionario de símbolos”

 

 

 

 

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